Este domingo 26 de abril de 2026, la violencia en el sur de Líbano ha escalado nuevamente tras una serie de ataques israelíes que han cobrado la vida de al menos cuatro personas en el distrito de Nabatieh. Según informes del Ministerio de Salud Pública de Líbano, dos incursiones aéreas dirigidas contra un camión y una motocicleta en la localidad de Yohmor al-Shaqif resultaron en víctimas fatales, desafiando abiertamente la extensión de tres semanas del cese al fuego que el presidente estadounidense, Donald Trump, había anunciado apenas el jueves pasado.
La ofensiva no se limitó a ataques aéreos; en las ciudades de Bint Jbeil y Khiam, se reportaron demoliciones sistemáticas de edificios residenciales por parte de soldados israelíes. Testigos y corresponsales en la zona describen un patrón de actividad militar continua, donde el estruendo de las explosiones marca la destrucción de manzanas enteras. Desde el pasado 2 de marzo, la cifra de muertos en Líbano ha alcanzado los 2,496, mientras que los heridos suman más de 7,700, evidenciando el alto costo civil de un conflicto que no parece ceder ante los esfuerzos diplomáticos de Washington.
En el plano político, la tregua parece haber nacido muerta. Mientras el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, asegura que su ejército mantiene «total libertad de acción» contra cualquier amenaza, legisladores de Hezbolá han calificado el cese al fuego de «insignificante» ante la persistencia de los bombardeos y asesinatos. Analistas sugieren que el acuerdo fue pactado entre estados (Israel y Líbano), dejando fuera a Hezbolá como actor combatiente, lo que ha permitido que ambas partes justifiquen la continuidad de las hostilidades. Por su parte, la población civil sigue atrapada en el fuego cruzado, con advertencias israelíes de no acercarse al río Litani y miles de familias desplazadas viviendo en refugios improvisados en Beirut.