Groenlandia se consolidó en las últimas semanas como el centro de una crisis política entre aliados a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, en los días recientes la tensión disminuyó, luego de que la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, asegurara que recibió garantías de que el principio de acuerdo que Washington negocia con la OTAN no cuestiona la soberanía danesa sobre el territorio.
Para Copenhague y para la Unión Europea, la integridad territorial europea se ha planteado como una línea roja en el contexto de la crisis, que se aceleró cuando el presidente estadounidense Donald Trump advirtió con imponer aranceles de hasta 25% si no avanzaba su plan para controlar la isla ártica. Aun con el descenso de la confrontación, se mantiene la falta de claridad sobre los motivos por los que Trump redujo el tono de sus advertencias y sobre lo que contempla el entendimiento anunciado en el ámbito de la OTAN.
En este escenario, la UE sostiene su expectativa de recomponer una relación “respetuosa” con Estados Unidos, un socio al que, según el planteamiento europeo, no pretende ni puede dejar de considerar parte esencial de su arquitectura de seguridad.
Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, aunque opera como territorio autónomo. Fue colonia hasta 1953, obtuvo autogobierno en 1979 y amplió sus competencias en 2009. En la práctica, gestiona la mayoría de las políticas internas, mientras que la defensa y la política exterior continúan bajo responsabilidad de Dinamarca.
En la isla existe presencia militar de Estados Unidos, un hecho que no es reciente. Su despliegue se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca fue ocupada por la Alemania nazi y Washington instaló tropas con el objetivo de proteger el Ártico. La relevancia estratégica de Groenlandia se explica, entre otros factores, por su ubicación para la defensa antimisiles estadounidense y por el interés creciente de Rusia y China en la región, además de sus recursos naturales considerados de alto valor.