En el último gran debate televisado previo a las elecciones presidenciales del domingo 16 de noviembre, los ocho candidatos al mando de La Moneda expusieron sus visiones ante una audiencia expectante. El foro organizado por ANATEL puso en evidencia un país dividido: lemas de mano fuerte frente al crimen, promesas de equidad social y economía disputada encabezan una campaña marcada por la incertidumbre.
En un foro donde predominó el ataque cruzado y la ausencia de consensos, los aspirantes a La Moneda intentaron presentarse como la respuesta a un Chile cansado del estancamiento político y la inseguridad. Sin embargo, la contienda parece menos orientada al futuro que a la administración de los miedos colectivos que hoy dominan el debate público.
En el plano político, la candidata oficialista Jeannette Jara se posicionó como defensora del Estado social, apelando a la continuidad del proyecto progresista iniciado en la última década. Del otro lado, el conservador José Antonio Kast consolidó su discurso de orden y autoridad, capitalizando la frustración ciudadana ante la delincuencia y la crisis migratoria. Entre ambos polos, los candidatos de centro buscaron sin éxito un espacio que reconecte con un electorado cada vez más descreído. Este panorama confirma que Chile llega a las urnas con un mapa político fracturado y una ciudadanía que exige certezas inmediatas.
El trasfondo económico y social pesa tanto como el debate ideológico. La inflación persistente, el desempleo juvenil y la inseguridad urbana se convirtieron en temas transversales, aunque ningún candidato logró presentar un plan convincente para revertirlos. Más allá de los gestos y frases de impacto, el debate evidenció una política atrapada entre la retórica populista y la falta de visión estructural para reconstruir la confianza en las instituciones.
De cara a los comicios, Chile enfrenta una disyuntiva histórica: o encamina un nuevo pacto social basado en estabilidad y equidad, o profundiza una polarización que amenaza con diluir los avances democráticos conquistados desde el retorno a la democracia. Lo que está en juego no es solo la presidencia, sino la posibilidad de que el país vuelva a pensarse a sí mismo como una comunidad política con un horizonte compartido.