La reunión anual del Foro Económico Mundial arranca este martes en Davos, Suiza, con un mensaje oficial de “diálogo” y “progreso”, pero bajo un clima internacional más áspero. A lo largo de cuatro días, alrededor de 3,000 líderes empresariales, funcionarios, especialistas y representantes de organizaciones civiles discutirán temas que van desde la guerra comercial y los aranceles hasta la transformación acelerada del trabajo por la inteligencia artificial, con la sensación de que el orden global atraviesa una etapa más competitiva y fragmentada.
La presencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, concentra reflectores y tensiones. Su visita llega mientras aliados y rivales calibran el alcance de su agenda: desde sus presiones en asuntos estratégicos —como Groenlandia— hasta su enfoque hacia Venezuela y su estilo de negociación en política exterior. En los pasillos del centro de congresos se anticipan encuentros bilaterales y conversaciones paralelas sobre su propuesta de arquitectura política para Gaza, además de temas internos como vivienda y costo de vida, que se espera aborde en su intervención programada para el miércoles.
El primer día tendrá protagonismo europeo y chino: la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el viceprimer ministro He Lifeng encabezan los discursos que enmarcan la conversación sobre comercio, reglas y poder económico. Entre las figuras empresariales, destaca el debut del CEO de Nvidia, Jensen Huang, en una edición con cientos de directivos de grandes compañías. La discusión sobre IA —su adopción, su impacto en productividad y empleo, y la posibilidad de sistemas más avanzados— será uno de los ejes centrales del programa.
En paralelo, los organizadores y varios asistentes reconocen que la desigualdad y la desconfianza social condicionan el ambiente. Un reporte difundido por Oxfam sostiene que la riqueza de los multimillonarios aumentó con fuerza el último año y que el ritmo de acumulación supera ampliamente el observado en años recientes, mientras grandes sectores de la población siguen rezagados. La organización atribuye parte de esa dinámica a políticas que favorecen a los más ricos y pide mayores medidas para reducir desigualdad, incluyendo impuestos más altos a grandes fortunas y límites a su influencia política.
Otro termómetro del clima social es el informe anual de Edelman, que reporta un incremento en los temores por el comercio y la recesión, y un deterioro de la confianza hacia líderes e instituciones. El diagnóstico apunta a sociedades más encerradas en lo propio —menos abiertas al compromiso— y a una percepción extendida de que figuras de poder desinforman de manera deliberada, lo que dificulta construir consensos.
Como cada año, Davos también exhibe su costado simbólico: la avenida principal se llena de pabellones de países y empresas que buscan posicionarse, mientras en los alrededores se registran protestas que cuestionan el evento por representar una élite que “habla” más de lo que cambia. Con Trump de vuelta y un mundo más polarizado, el reto para Davos será demostrar si su “espíritu de diálogo” puede traducirse en algo más que discursos en un contexto de rivalidad, presión económica y fatiga social.