El “Plan Michoacán por la Paz y la Justicia” se ha convertido en el primer gran ensayo de seguridad nacional para la administración de Claudia Sheinbaum. En apenas tres días de operación, las fuerzas federales detuvieron a cinco personas, decomisaron armas, drogas y explosivos, y reactivaron el discurso de una pacificación basada en la justicia social. Pero más allá del balance inmediato, el operativo representa un intento de reconstruir la autoridad del Estado en una de las regiones más desafiantes del país.
Durante años, Michoacán ha sido el termómetro de las estrategias federales contra el crimen. Desde los tiempos de la “guerra contra el narcotráfico” hasta los intentos de pacificación comunitaria, ningún plan ha logrado desmantelar las redes de poder que entrelazan a grupos armados, economías ilícitas y estructuras políticas locales. En ese sentido, el nuevo plan de Sheinbaum busca diferenciarse no solo por su músculo operativo, sino por su apuesta en desarrollo social, inversión productiva y restitución del tejido comunitario.
Sin embargo, el reto radica en la sostenibilidad de la estrategia. Expertos en seguridad advierten que el despliegue de más de 10 mil elementos podría tener un efecto temporal si no se acompaña de mecanismos de control institucional, fortalecimiento de policías municipales y una supervisión civil efectiva. La presencia militar, aunque necesaria, no sustituye la gobernabilidad local ni resuelve las causas estructurales de la violencia.
En el fondo, el “Plan Michoacán” simboliza algo más que un operativo: es la puesta a prueba del modelo de seguridad de la Cuarta Transformación en su nueva etapa. Si logra avanzar sin caer en el desgaste operativo ni en la retórica del “combate frontal”, podría marcar el inicio de una política de pacificación distinta. Si fracasa, en cambio, confirmará que el Estado mexicano aún no ha encontrado el camino para recuperar el control pleno de su territorio.